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29 de marzo
 

Querida Estrella.
 

No me tomes a mal que vuelva a escribirte, lo hago porque tengo un montón de ideas dando vueltas por la cabeza, sin parar, ya sabes. Es irritante cuando pasa eso. Se trata del tipo del otro día, el que por las tardes lee en el campo de fútbol. Durante estos días he confirmado que esa es su rutina, su costumbre. Y eso a mí, me sirve.
 

Pero este no es el motivo de mi carta. Mis avances no me preocupan, sería una contradicción. Sin embargo, aun teniendo el camino encauzado, no me siento satisfecho. Te cuento.
 

Cada día le veo salir de casa, con su traje azul, el sombrero, las gafas de montura negra y el maletín. Me gusta el traje que lleva, es sencillo, pero elegante. Llevaría uno igual sin dudarlo un instante. Le veo caminar en solitario durante un buen rato, con paso rápido, diría que impaciente, hasta llegar a otra de las casas de la misma urbanización, donde espera sin llamar al timbre. A los pocos minutos una mujer y una niña salen de la casa. Me llama la atención el pelo de la pequeña, lleno de canas, lo que provoca la sensación de que el cabello es de color gris. Es raro, puede que se deba a algo genético.
 

Los veo ponerse en marcha, el hombre entre las dos, cogiendo la mano de su nieta, sin apenas hablar con su hija. No hace falta ser muy inteligente para averiguar el parentesco, no solo porque ese trayecto hasta el colegio lo recorren de forma diaria, también porque he sido capaz de ver al parecido físico. Durante el camino, veo como el abuelo escucha a su nieta con interés. Ella no para de hablar, de un modo que a cualquiera volvería loco, sobre todo a esa hora temprana de la mañana. Pero a él no, veo como la escucha, maravillado, como si las cosas que le cuenta fueran la revelación más importante encima de la tierra.
 

Como puedes adivinar su camino juntos termina en el colegio, donde se separan. La hija vuelve a casa y mi hombre del traje azul sigue adelante. He averiguado que el siguiente tramo carece de información interesante. Apenas diez minutos de recorrido, con un paso claramente más cansino. Está claro que su destino le resulta mucho menos estimulante. Finalmente le veo llegar a las oficinas de la empresa y cruzar las puertas automáticas de cristal que se abren a su paso para volver a cerrarse. En ellas puedo leer el nombre de la empresa inmobiliaria que nos paga.
Y ahí acaba todo. Al menos durante las próximas horas. Yo me marcho, sé que no debo dejarme ver por allí. Elijo las calles por las que nadie pasea, cada día una ruta distinta y vuelvo a casa. No hay nada más que hacer, nada más que descubrir.
A veces, por el mero hecho de obtener información, he vuelto a la casa de la hija y allí he observado durante un rato. He descubierto que ella lleva una carga sobre los hombros, me lo dice su expresión, su postura paralizada en una ventana con la mirada perdida en el horizonte, donde tal vez se encuentren sus pensamientos. A mí me parece que no están en esa casa, ni siquiera en este pueblo. Probablemente esa carga, esa distancia que veo, sea el motivo por el que apenas habla con su padre. También he descubierto que es la esposa de mi jefe, fíjate tú qué sorpresas te da la vida. En fin. Lo que no sé es si realmente se creía que no iba a averiguarlo, si es así, me infravalora. Y eso me molesta.
 

Hoy te escribo desde mi espacio elevado sobre el campo de fútbol, no solo porque sea el momento que he elegido para observar el hombre del traje azul, sino porque he aprendido a apreciar las puestas de sol. Ese momento me permite pensar, darme cuenta de lo que realmente importa y lo que no. Si has decidido leer mis cartas ya lo sabes, me pasó contigo. 
 

Con la luz del atardecer he tomado una determinación, no volveré a hacer el mismo recorrido. Profesionalmente, no me aporta nada, además, ya tengo lo que puedo averiguar de él. Lo único que puede pasar es que se produzca un encuentro no deseado que pueda tirarlo todo por tierra. 
 

Acaba de llegar. Con su traje azul, el maletín y el paso cansino. Como su hija, es evidente que sostiene un gran peso sobre los hombros. Ha vuelto a sentarse a leer. Tengo que reconocer que la imagen es hermosa. Es una buena forma de acabar el día. 
 

He dejado a un lado la libreta en la que te escribo mientras sucedía ese momento. He visto el sol descender y ocultarse, y al hombre marcharse cuando la luz era insuficiente para leer. Ahora, seguiré sus pasos a lo largo del callejón, a oscuras. Me marcharé a casa y trazaré un plan. No tiene sentido alargar esta situación durante más tiempo. Sin embargo, hay una idea que se ha metido en mi cabeza. Cuánto más sé, más difícil me resulta encontrar una motivación y eso puede ser un problema serio. Tengo que dejar a un lado esas emociones, me llevan al fracaso. He de mantenerme firme en mi propósito, mi naturaleza, en el lado metódico de mi existencia y olvidarme de lo emocional. Eso siempre me causó problemas. Sin olvidar quién me paga y para qué.
 

Perdona, sé que no debería hablarte de todo esto. Son detalles de algo que no quieres saber, que consideras siniestro, y lo es. Lo sé. No te preocupes, te mantendré alejada de lo que pueda perjudicarte, incluso de aquello que pueda provocarte un sentimiento de culpa. En cualquier caso, piensa que es una ventaja que no puedas contestarme. Estas cartas unilaterales te liberan ¿no crees? No puedes sentirte culpable por algo de lo que eres un mero espectador, de unos hechos que ocurren en lugares desconocidos, con personas anónimas. No sé, a lo mejor no debería escribirte. Lo siento, prometo no volver a hacerlo. 
 

Hasta siempre.
 

Ese al que una vez llamaste, 
El Púa.

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